1.1 PRÓLOGO
En los capítulos siguientes desarrollaremos un tratamiento
formal de parte de la ciencia de la Óptica, con particular énfasis en los
aspectos de interés contemporáneo. El tema comprende un vasto cuerpo de
conocimientos acumulados durante aproximadamente tres mil años de la escena
humana. Antes de embarcarnos en un estudio de la visión moderna de lo
relacionado con la óptica, tracemos brevemente el camino que nos llevó hasta
ahí, no siendo otra razón que la de poner todo en perspectiva.
1.2 EN EL COMIENZO
Los orígenes de la tecnología óptica se remontan a la
antigüedad. En Éxodo 38:8 (1200 a.C.) se relata cómo,
mientras preparaba el arca y el tabernáculo, Besalel remoldeaba «los espejos de
las mujeres» en un lavabo de latón (una vasija de ceremonia). Los primeros
espejos se hicieron de cobre pulido, bronce y más tarde de especulum, una
aleación de cobre rica en estaño. Algunos ejemplares del antiguo Egipto han
sobrevivido -un espejo en perfectas condiciones fue descubierto junto con
algunas herramientas del cuartel de trabajadores cerca de la pirámide de
Sesostris II (1900 a.C.) en el valle del Nilo. Los filósofos griegos,
Pitágoras, Demócrito, Empédocles, Platón, Aristóteles y otros desarrollaron
varias teorías sobre la naturaleza de la luz (la del último mencionado era muy
similar a la teoría del éter del siglo diecinueve). Se conocían tanto la
propagación rectilínea de la luz (pág. 88) como la ley de la reflexión (pág.
96) enunciada por Euclides (300 a.C.) en su libro Catóptrica. Hero de
Alejandría trató de explicar ambos fenómenos afirmando que la luz viaja por el
camino más corto entre dos puntos. Aristófanes en su sátira Las nubes (424
a.C.) aludía al vidrio quemador (una lente positiva que se utilizaba para
encender fuegos). El doblamiento aparente de los objetos parcialmente
sumergidos en agua (pág. 104) se menciona en La república de Platón. La
refracción fue estudiada por Cleomedes (50 d.C.) y más tarde por Claudio
Tolomeo (130 d.C.) de Alejandría, quien tabuló medidas muy precisas de los
ángulos de incidencia y refracción para varios medios (pág. 100). Está claro,
según los escritos del historiador Plinio (23-79 d.C.) que los romanos también
poseían vidrios quemadores. Varias esferas de vidrio y cristal han sido
encontradas entre las ruinas romanas y se recuperó una lente plano-convexa en
Pompeya. El filósofo romano Séneca (3 a.C.-65 d.C.) indicó que se podía usar un
globo de vidrio lleno de agua como lupa. Es ciertamente posible que algunos
artesanos romanos utilizaran lupas, facilitándoles así el trabajo que contenía
detalles muy finos.
Después de la caída del Imperio Romano Occidental (475
d.C.), que marca aproximadamente el comienzo de la Edad Media, no se produjo
prácticamente ningún progreso científico en Europa durante mucho tiempo. El dominio
de la cultura grecorromano-cristiana en las tierras que abarca el Mediterráneo,
pronto cedió por la conquista del régimen de Alá. El centro de estudios se
trasladó al mundo árabe y la óptica se estudió y difundió, gracias sobre todo a
Alhazen (1000 d.C.) quien trabajó en la ley de la reflexión, poniendo los
ángulos de incidencia y reflexión en el mismo plano normal a la interfaz (pág.
101); estudió los espejos esféricos y parabólicos y describió detalladamente el
ojo humano (pág. 207).
A finales del siglo XIII, Europa empezó a despertar de su
estupor intelectual. Los trabajos de Alhazen fueron traducidos al latín y
tuvieron un gran efecto en los escritos de Robert Grosseteste (1175-1253),
obispo de Lincoln, y en el matemático polaco Vitello (o Witelo) quienes
influyeron en la reiniciación del estudio de la óptica. Sus trabajos fueron
conocidos por el franciscano Roger Bacon (1215-1294), quien es considerado por
muchos como el primer científico en el sentido moderno. Parece que Bacon inició
la idea de usar lentes para corregir la vista, sugiriendo asimismo la
posibilidad de combinar lentes para formar un telescopio. Bacon también poseía
algún conocimiento de la forma en la cual los rayos atraviesan una lente.
Después de su muerte, la óptica languideció de nuevo. Sin embargo, a mediados
del siglo XIII, las pinturas europeas mostraban monjes con anteojos. Por su
parte, los alquimistas habían logrado una amalgama líquida de estaño y mercurio
que se frotaba en la parte posterior de placas de vidrio para hacer espejos.
Leonardo da Vinci (1452-1519) describió la cámara oscura (pág. 219), más
tarde popularizada por el trabajo de Giovanni Battista Della Porta (1535-1615).
Porta discutió los espejos múltiples y las combinaciones de lentes positivas y
negativas en su Magia naturalis (1589).
Esta sucesión de acontecimientos, en su mayoría modestos,
constituyen lo que se podría llamar el primer período de la Óptica. Era, sin
lugar a duda, un comienzo aunque humilde en el conjunto. El torbellino de
logros y la excitación vendría más tarde, en el siglo XVII.
1.3 DESDE EL SIGLO DIECISIETE
No está claro quién inventó en realidad el telescopio
refractor, pero registros en los archivos de La Haya muestran que el 2 de octubre
de 1608 Hans Lippershey (1587-1619) un fabricante de anteojos holandés,
solicitó una patente para tal instrumento. En Padua, Galileo Galilei
(1564-1642) oyó acerca de la invención y en pocos meses, tallando las lentes a
mano, había construido su proprio instrumento (pág. 171). El microscopio
compuesto fue inventado casi al mismo tiempo, probablemente por el holandés
Zacharias Janssen (1588-1632). El ocular cóncavo del microscopio fue
reemplazado por una lente convexa por Francisco Fontana (1580-1656) de Nápoles
y un cambio similar en el telescopio fue llevado a cabo por Johannes Kepler
(1571-1630). En 1611, Kepler publicó su Dioptrice. Había descubierto la
reflexión total interna (pág. 121) y había llegado a la aproximación para
pequeños ángulos de la ley de refracción, en cuyo caso los ángulos incidentes y
transmitido son proporcionales. Siguió adelante para desarrollar un tratamiento
de la óptica de primer orden para sistemas de lentes delgadas y en su libro
describió el funcionamiento detallado del telescopio kepleriano (ocular
positivo) y del galileano (ocular negativo). Willebrord Snell (1591-1626),
profesor de Leyden, descubrió empíricamente en 1621 la ley de la refracción
(pág. 100) que había quedado ocultada durante mucho tiempo, hecho que
constituyó uno de los grandes momentos de la óptica. Al conocer exactamente
cómo los rayos de la luz son redirigidos al atravesar una frontera entre dos
medios, Snell de un golpe, abrió la puerta a la óptica aplicada moderna. René
Descartes (1596-1650) fue el primero en publicar la formulación ahora familiar
de la refracción en términos de senos. Descartes dedujo la misma ley usando un
modelo en el cual la luz se visualizaba como una presión transmitida por un medio
elástico; tal como se consigna en su La Dioptrique (1637):
«[...] recordando la naturaleza que yo he atribuido a la
luz, cuando dije que no es otra cosa que un cierto movimiento o una acción
concebida en una materia muy sutil, la cual llena los poros de todos los otros
cuerpos [...]»
El universo estaba completo. Pierre de Fermat (1601-1665),
sin tomar en cuenta las suposiciones de Descartes, dedujo de nuevo la ley de la
reflexión (pág. 105) a partir de su propio Principio de tiempo mínimo
(1657).
El fenómeno de la difracción, es decir, la desviación de la
propagación rectilínea que ocurre cuando la luz avanza más allá de una
obstrucción (pág. 433), fue observado primero por el profesor Francesco Maria
Grimaldi (1618-1663) en el colegio jesuita de Boloña. Grimaldi había observado
las bandas de luz dentro de la sombra de una varilla iluminada por una pequeña
fuente. Robert Hooke (1635-1703), curador conservador de experimentos para la
Royal Society de Londres, observó también más tarde los efectos de la
difracción. Hooke fue el prime ro en estudiar los patrones de interferencia
coloreados (pág. 393) generados por películas delgadas (Micrographia,
1665). Propuso la idea de que la luz era un movimiento vibratorio rápido del
medio propagándose a una gran velocidad. Además, «cada pulso o vibración del
cuerpo luminoso generará una esfera» — éste era el comienzo de la teoría
ondulatoria—. En el año en que murió Galileo, nació Isaac Newton (1642-1727).
El empuje del esfuerzo científico de Newton se desarrollaría a través de la
observación directa, evitando hipótesis especulativas. De este modo, permaneció
ambivalente por mucho tiempo acerca de la naturaleza real de la luz. ¿Era
corpuscular --un flujo de corpúsculos, como algunos sostenían? ¿O era la luz una
onda en un medio que todo lo penetraba, el éter? A la edad de veintitrés años,
comenzó sus famosos experimentos sobre la dispersión:
«Me procuré un prisma triangular de vidrio para probar con
él el celebrado fenómeno de los colores.»
Newton concluyó que la luz blanca estaba compuesta de una
mezcla de una gama completa de colores independientes (pág. 77). Sostuvo que
los corpúsculos de la luz asociados con los varios colores, excitaban el éter
en vibraciones características. Aunque su trabajo abarcara simultáneamente
tanto la teoría ondulatoria como la de emisión (corpuscular), Newton se inclinó
cada vez más hacia la última a medida que envejecía. Quizás su razón principal
para rechazar la teoría ondulatoria, tal como se presentaba entonces, era el
desalentador problema de explicar la propagación rectilínea en términos de
ondas que se dispersaban en todas direcciones.
Después de algunos experimentos muy limitados, Newton dejó
de intentar eliminar la aberración cromática de las lentes de telescopios
refractores: llegando a la conclusión errónea de que no era viable y se inclinó
al diseño de reflectores. El primer telescopio reflector de Sir Isaac se
completó en 1668; tenía solamente seis pulgadas de largo y una pulgada de diámetro,
pero aumentaba alrededor de 30 veces.
Casi al mismo tiempo que Newton daba énfasis a la teoría de
la emisión en Inglaterra, Christiaan Huygens (1629-1695), estaba difundiendo
ampliamente la teoría ondulatoria en Europa. Al contrario que Descartes, Hooke
y Newton, Huygens concluyó correctamente que la luz efectivamente disminuía la
velocidad al entrar a medios más densos. Pudo deducir las leyes de la reflexión
y la refracción, llegando incluso a explicar la doble refracción de la calcita
(pág. 332), usando su teoría ondulatoria. Y fue precisamente cuando estaba
trabajando con la calcita, que descubrió el fenómeno de la polarización
(pág. 319).
«Como hay dos diferentes refracciones, concebí también que
hay dos diferentes emanaciones de las ondas de luz [...]»
De este modo, la luz era un chorro de corpúsculos o una
rápida ondulación de materia etérea. En cualquier caso, generalmente se estaba
de acuerdo en que su velocidad de propagación era excesivamente grande. En
efecto, muchos creían que la luz se propagaba simultáneamente, una noción que
volvía a los tiempos de Aristóteles. El hecho de que era en efecto finito fue
determinado por el danés Ole Christensen Römer (16441710). La luna más cercana
de Júpiter, Io, tiene una órbita alrededor de este planeta que se encuentra
casi en el plano de la órbita del propio Júpiter alrededor del Sol. Römer llevó
a cabo un estudio esmerado de los eclipses de lo mientras pasaba entre la
sombra, detrás de Júpiter. En 1676, predijo que el 9 de noviembre, lo surgiría
de la oscuridad unos 10 minutos más tarde de lo que se esperaba, basándose en
su movimiento medio anual. A la hora establecida, lo realizó, como estaba
previsto, un fenómeno que Römer explicó correctamente como procedente de la
velocidad finita de la luz. Pudo calcular que la luz tardaba unos 20 minutos en
cruzar el diámetro de la órbita de la Tierra alrededor del Sol -una distancia
de aproximadamente 186 millones de millas. Huygens y Newton, entre otros,
estaban muy convencidos de la validez del trabajo de Römer. Evaluando de forma
independiente el diámetro de la órbita de la Tierra, asignaron a c un valor
equivalente de 2,3 x 108 m/s y 2,4 x 108 m/s,
respectivamente.
El gran peso de la opinión de Newton colgó como una mortaja
sobre la teoría ondulatoria durante el siglo XVIII, ahogando a sus partidarios.
A pesar de esto, el prominente matemático Leonhard Euler (1707-1783), era un
devoto de la teoría ondulatoria aunque no fuera escuchado. Euler propuso que
los efectos indeseables de color que se ven en una lente, estaban ausentes en
el ojo (lo que es una suposición errónea) porque los diferentes medios
presentaban una dispersión anulada. Sugirió que se podrían construir en forma
similar lentes acromáticas (pág. 272). Entusiasmado por este trabajo, Samuel
Klingenstjerna (1698-1765) profesor de Upsala, repitió los experimentos de
Newton sobre el acromatismo y encontró que estaban equivocados. Klingenstjerna
estaba en comunicación con un óptico de Londres, John Dollond (1706-1761),
quien estaba observando resultados similares. Finalmente, en 1758 Dollond
combinó dos elementos, uno de vidrio crown y otro de vidrio flint,
para formar una lente acromática simple. Incidentalmente, la invención de
Dollond fue en realidad precedida por el trabajo inédito del científico
aficionado Chester Moor Hall (1703-1771), de Essex.
1.4 EL SIGLO DIECINUEVE
La teoría ondulatoria de la luz renació de las manos del
doctor Thomas Young (1773-1829), una de las mentes verdaderamente grandes del
siglo. En 1801, 1802 y 1803 leyó unos artículos ante la Royal Society exaltando
la teoría ondulatoria y añadiendo a ella un nuevo concepto fundamental, el
llamado principio de interferencia (pág. 377):
«Cuando dos ondulaciones de diferentes orígenes coinciden
perfectamente en dirección o casi coincidentes, su efecto conjunto es una
combinación de los movimientos que pertenecen a cada uno.»
Young pudo explicar las franjas coloreadas de las películas
delgadas y determinó las longitudes de onda de varios colores usando datos de
Newton. Aunque siempre mantuvo que sus concepciones se originaron en las
investigaciones de Newton, fue severamente atacado. En una serie de artículos,
probablemente escritos por Lord Brougham, en la revista Edinburgh Review,
se decía que los artículos de Young estaban «desprovistos de todo tipo de
mérito».
Augustin Jean Fresnel (1778-1827), nacido en Broglie,
Normandía, comenzó a revivir de manera brillante la teoría ondulatoria en
Francia, ajeno a los esfuerzos hechos por Young unos trece años antes. Fresnel
sintetizó los conceptos de la teoría ondulatoria de Huygen y el principio de
interferencia (pág. 434). El modo de propagación de una onda primaria era visto
como una sucesión de onditas secundarias esféricas, que se superponían e
interferían para reformar la onda primaria en su avance, tal como aparecería un
instante más tarde. En las palabras de Fresnel:
«Las vibraciones de una onda luminosa en cualquiera de sus
puntos se puede considerar como la suma de los movimientos elementales que le
llegan en el mismo instante, por la acción separada de todas las porciones de
la onda no obstruida, considerada en cualquiera de sus posiciones anteriores.»
Se suponía que estas ondas eran longitudinales, en analogía
con las ondas acústicas en el aire. Fresnel pudo calcular los patrones de
difracción generados en varios obstáculos y aberturas (pág. 433) y explicó
satisfactoriamente la propagación rectilínea en medios isotropos homogéneos,
eliminando así la objeción principal de Newton para la teoría ondulatoria.
Cuando finalmente fue informado de la prioridad de Young sobre el principio de
interferencia, aunque algo desanimado, Fresnel escribió a Young diciéndole que
se sentía consolado de encontrarse a sí mismo en tan buena compañía: los dos
grandes hombres se hicieron aliados.
Huygens, al igual que Newton, era consciente del fenómeno de
la polarización que aparece en los cristales de calcita. En efecto, en su
Opticks declaró que:
«Cada rayo de luz tiene por consiguiente dos lados opuestos
[...]»
Sin embargo, no fue sino en 1808 que Étienne Louis Malus
(1775-1812) descubrió que estos dos lados de la luz se hacían también evidentes
bajo reflexión (pág. 342) y no eran inherentes a los medios cristalinos.
Fresnel y Dominique François Arago (1786-1853) realizaron entonces una serie de
experimentos para determinar el efecto de la polarización en la interferencia;
sin embargo, sus resultados fueron completamente inexplicables dentro del marco
de su modelo de onda longitudinal, hecho que marcó un momento particularmente
difícil. Durante varios años Young, Arago y Fresnel lucharon con el problema
hasta que finalmente Young sugirió que la vibración etérea podría ser
transversal como una onda en una cuerda. Los dos lados de la luz eran entonces
simplemente una manifestación de vibraciones ortogonales del éter,
transversales a la dirección del rayo. Fresnel comenzó a desarrollar una
descripción mecánica de las oscilaciones del éter, las que llevaron a sus
fórmulas famosas para la amplitud de la luz reflejada y transmitida (pág. 111).
Hacia 1825 la teoría de la emisión (o corpuscular) tenía solamente unos cuantos
partidarios tenaces.
La primera determinación terrestre de la velocidad de la luz
la efectuó Armand Hippolyte Louis Fizeau (1819-1896) en 1849. Su aparato, que
consistía en una rueda dentada giratoria y en un espejo distante (8.633 m.), se
instaló en los suburbios de París, de Suresnes a Montmartre. Un pulso de luz
salía de una abertura en la rueda, pegaba en el espejo y volvía. Ajustando la
velocidad de rotación conocida de la rueda, se podía hacer que el pulso que
volvía pasara o no a través de una abertura y que se viese o fuera obstruido
por un diente. Fizeau encontró un valor de la velocidad de la luz igual a
315.300 km/s. Su colega Jean Bernard Léon Foucault (1819-1868) también estaba
empeñado en investigar la velocidad de la luz. En 1834 Charles Wheatstone
(1802-1875) había diseñado un arreglo de espejos rotatorios a fin de medir la
duración de un chispazo eléctrico. Usando este plan, Arago propuso medir la
velocidad de la luz en medios densos, pero nunca pudo llevar a cabo el
experimento. Foucault se hizo cargo del trabajo, que más tarde le facilitaría
el material para su tesis doctoral. El 6 de mayo de 1850 comunicó a la Academia
de Ciencias que la velocidad de la luz en el agua era menor que en el aire.
Este resultado, por supuesto, estaba en conflicto directo con la formulación
hecha por Newton sobre la teoría de la emisión y constituyó un fuerte golpe a
los pocos devotos que le quedaban.
Mientras ocurría todo esto en la óptica, el estudio de la
electricidad y el magnetismo estaba también dando frutos de manera
independiente. En 1845, el maestro de experimentación Michael Faraday
(1791-1867) estableció una correlación entre el electromagnetismo y la luz
cuando encontró que la dirección de polarización de un haz puede alterarse con
un campo magnético fuerte aplicado al medio. James Clerk Maxwell (1831-1879)
resumió brillantemente e incluso amplió todo el conocimiento empírico que se
conocía sobre el tema hasta entonces mediante un simple conjunto de ecuaciones
matemáticas. Comenzando con su síntesis notablemente sucinta y muy simétrica,
Maxwell pudo demostrar, en forma solamente teórica, que el medio electromagnético
se podía propagar como una onda transversal en el éter luminífero (pág. 43).
Resolviendo la velocidad de la onda, llegó a una expresión
en términos de propiedades eléctricas y magnéticas del medio. Después de
sustituir los valores conocidos y empíricamente determinados de estas
cantidades, obtuvo un
resultado numérico igual a la velocidad medida de la luz. La
conclusión era inevitable: la luz era «una perturbación electromagnética en
forma de ondas» propagadas a través del éter. Maxwell murió a la edad de
cuarenta y ocho años, demasiado pronto para ver la confirmación experimental de
sus profecías y demasiado pronto para la física. Heinrich Rudolf Hertz
(1857-1894) verificó la existencia de ondas electromagnéticas de longitud de
onda larga, generándolas y detectándolas en una amplia serie de experimentos
publicados en 1888.
La aceptación de la teoría ondulatoria de la luz parecía
necesitar también de la aceptación de un substrato que todo lo penetraba, el
éter luminífero. Si había onda, parecía obvio que debería haber un medio que la
soportara. Como era de esperar, se hizo un gran esfuerzo científico para
determinar la naturaleza física del éter, aunque éste poseyera algunas
propiedades bastante extrañas. Debería ser tan tenue que permitiera un
movimiento aparentemente no amortiguado de los cuerpos celestes. Al mismo
tiempo, podía soportar las oscilaciones con frecuencia excesivamente alta
(~1015 Hz) de la luz viajando a 186.00 millas/s. Esto implicaba fuerzas
restauradoras notablemente fuertes dentro de la sustancia etérea. La velocidad
con la cual una onda avanza a través del medio depende de las características
del substrato perturbado y no de ningún movimiento de la fuente. Esto contrasta
con el comportamiento de un flujo de corpúsculos cuya velocidad con respecto a
la fuente es el parámetro esencial.
Ciertos aspectos de la naturaleza del éter molestan cuando
se estudia la óptica de objetos en movimiento; fue precisamente este área de
investigación la que, desarrollándose lentamente por cuenta propia, en última
instancia produjera otro gran viraje. En 1725, James Bradley (1693-1762),
entonces profesor Saviliano de Astronomía en Oxford, intentó medir la distancia
a una estrella observando su orientación en dos diferentes épocas del año. La
posición de la Tierra cambiaba mientras orbitaba alrededor del Sol y, por
consiguiente, proporcionaba una gran línea de base para la triangulación de la
estrella. Para su sorpresa, encontró que las estrellas «fijas» mostraban un
movimiento sistemático aparente, relacionado con la dirección del movimiento de
la tierra en su órbita y no dependía, como se había anticipado, de la posición
de la tierra en el espacio. Esta es la llamada aberración estelar y es análoga
a la bien conocida situación que se produce cuando caen gotas de lluvia. Una
gota de lluvia, aunque viaje verticalmente con respecto a un observador en
reposo en la tierra, aparentemente cambiará su ángulo de incidencia cuando el
observador está en movimiento. De este modo, un modelo corpuscular de la luz
podría explicar la aberración estelar muy fácilmente. Por otra parte, la teoría
ondulatoria también brinda una explicación satisfactoria, siempre que el éter
permanezca totalmente quieto cuando la tierra lo surca.
En respuesta a la especulación de si el movimiento de la
Tierra a través del éter podría resultar en una diferencia observable entre la
luz proveniente de fuentes terrestres y extraterrestres, Arago se propuso
examinar el problema experimentalmente. Encontró que dichas diferencias no
existían. La luz se comportaba como si la Tierra estuviera en reposo con
respecto al éter. Para explicar estos resultados, Fresnel sugirió en efecto que
la luz era arrastrada parcialmente cuando viajaba en un medio transparente en
movimiento. Un experimento de Fizeau, en el que unos haces de luz pasaban por
columnas de agua en movimiento, y otro realizado en 1871 por Sir George Biddell
Airy (1801-1892) en el que usaba un telescopio lleno de agua para examinar la
aberración estelar, parecían confirmar la hipótesis del arrastre de Fresnel.
Suponiendo un éter en reposo absoluto, Hendrik Antoon Lorentz (1853-1928)
dedujo una teoría que encerraba las ideas de arrastre de Fresnel.
En 1879, en una carta a D. P. Todd de la U.S. Nautical
Almanac Office, Mawell sugirió un sistema para medir la velocidad con la cual
el sistema solar se movía con respecto al éter luminífero. El norteamericano
Albert Abraham Michelson (18521931), entonces instructor naval, tomó la idea.
Michelson, a la temprana edad de veintiséis años, había adquirido ya una
reputación favorable al efectuar una determinación bastante precisa de la
velocidad de la luz. Unos pocos años más tarde, comenzó un experimento para medir
el efecto del movimiento de la tierra a través del éter. Ya que la velocidad de
la luz en el éter es constante y la tierra, a su vez, presumiblemente se mueve
en relación al éter (velocidad orbital de 67.000 millas/h), el movimiento del
planeta debería afectar a la velocidad de la luz medida con respecto a la
tierra. En 1881 publicó sus hallazgos. No había movimiento detectable de la
tierra con respecto al éter: el éter era estacionario. Pero la firmeza de este
resultado sorprendente perdió algo de brillo cuando Lorentz señaló un error en
los cálculos. Años más tarde Michelson, entonces profesor de física en el Case
School of Applied Science en Cleveland, Ohio, se unió al profesor Edward
Williams Morley (18381923), un profesor muy conocido de química en Western
Reserve, para volver a hacer el experimento con precisión considerablemente
mayor. Sin embargo, asombrosamente, sus resultados, publicados en 1887, fueron
de nuevo negativos:
«De todo lo que precede parece razonablemente cierto que, si
hay un movimiento relativo entre la tierra y el éter luminífero, éste debe ser
pequeño; lo suficientemente pequeño para rebatir la explicación de Fresnel de
la aberración.»
Así, mientras que una explicación de la aberración estelar
dentro del contexto de la teoría ondulatoria requería la existencia de un
movimiento relativo entre la tierra y el éter, el experimento de
Michelson-Morley refutaba esa posibilidad. Además, • los hallazgos de Fizeau y
Airy necesitaban la inclusión de un arrastre parcial de la luz debido al
movimiento del medio.
1.5 LA ÓPTICA DEL SIGLO VEINTE
Jules Henri Poincaré (1854-1912) fue quizás el primero en
percatarse del significado de la incapacidad experimental para observar
cualquier efecto del movimiento relativo al éter. En 1899, comenzó a dar a
conocer sus opiniones y en 1900 dijo:
«¡Nuestro éter, realmente existe? Yo no creo que
observaciones más precisas nos puedan revelar algo más que desplazamientos
relativos.»
En 1905, Albert Einstein (1879-1955) presentó su teoría
especial de la relatividad en la cual él también, de forma bastante
independiente, rechazó la hipótesis del éter:
«La introducción de un "éter luminífero” resultará ser
superflua puesto que el punto de vista que habrá de desarrollarse aquí no
necesitará un "espacio estacionario absoluto”.»
Además postuló que:
«La luz siempre se propaga en el espacio con una velocidad
definida c la cual es independiente del estado de movimiento del cuerpo emisor.»
Los experimentos de Fizeau, Airy y Michelson-Morley fueron
entonces explicados, de manera muy natural, dentro del marco de la cinemática
relativista de Einstein 2. Despojados del éter, los físicos tuvieron
simplemente que acostumbrarse a la idea de que las ondas electromagnéticas se
podían propagar a través del espacio libre: no había otra alternativa. La luz
se concebía ahora como una onda autónoma con el énfasis conceptual pasando del
éter al campo. La onda electromagnética quedó como una entidad en sí misma.
El 19 de octubre de 1900, Max Karl Ernst Ludwig Planck
(1858-1947) leyó un artículo ante la German Physical Society en el que presentó
las bases de lo que sería otra gran revolución en el pensamiento científico: la
mecánica cuántica, una teoría que abarca los fenómenos submicroscópicos. En
1905, basándose en estas ideas, Einstein propuso una nueva forma de teoría
corpuscular en la cual afirmaba que la luz consistía en globos o partículas de
energía. Cada uno de tales cuantos de energía radiante o fotones, como se les
habría de llamar, tenían una energía proporcional a su frecuencia v, es decir E
= hv donde h es conocida como la constante de Planck (figura 1.8). Al final de
la década de los años veinte, a través de los esfuerzos de hombres tales como
Bohr, Born, Heisenberg, Schrödinger, De Broglie, Pauli, Dirac y varios otros,
la mecánica cuántica quedó como una estructura bien establecida. Gradualmente
se hizo evidente que los conceptos de corpúsculo y de onda, que en el mundo
macroscópico parecen ser mutuamente excluyentes, deben juntarse en el dominio
submicroscópico. La imagen mental de una partícula atómica (electrones,
neutrones, etc.) como un trozo localizado de materia, ya no satisface. En
efecto, se encontró que estos «corpúsculos» podían generar patrones de
interferencia y de difracción precisamente en la misma forma que la luz (pág.
433). Entonces los fotones, los protones, los electrones, los neutrones, etc.,
todos ellos, tienen ambas manifestaciones como corpúsculo y como onda. Sin
embargo, la cuestión no estaba resuelta en absoluto. «Cada físico cree saber lo
que es un fotón», escribió Einstein. «Me he pasado la vida intentado descubrir
qué es un fotón, y aún no lo sé».
La relatividad liberó la luz del éter y mostró la afinidad
entre masa y energía (vía E=mc). Las que parecían ser dos cantidades casi
antitéticas, ahora se hicieron intercambiables. La mecánica cuántica siguió
adelante para establecer que un corpúsculo de momento* p tiene una longitud de
onda asociada i tal que p = hA. El neutrino, un corpúsculo neutro cuya masa en
reposo es supuestamente igual a cero, fue postulado por razones teóricas en
1930 por Wolfgang Pauli (1900-1958) y verificado experimentalmente más tarde,
en la década de los cincuenta. Las imágenes sencillas de trozos
submicroscópicos de materia se hicieron insostenibles y la dicotomía
onda-corpúsculo se disolvió en una dualidad.
La mecánica cuántica también estudia la manera en la que la
luz es absorbida y emitida por los átomos (pág. 63). Supongamos que hacemos que
un gas brille calentándolo o pasando una descarga eléctrica a través de él. La
luz emitida es característica de la estructura de los átomos que constituyen el
gas. La espectroscopia, es decir, la rama de la óptica que se encarga del
análisis espectral (pág. 73), se desarrolló a partir de las investigaciones de
Newton. William Hyde Woolaston (17661828) realizó las primeras observaciones de
la líneas oscuras del espectro solar (1802). Debido a la forma de rendija de la
abertura generalmente usada en los espectroscopios, la salida consistía en
bandas angostas y coloreadas de luz, las llamadas líneas espectrales.
Trabajando independientemente, Joseph Fraunhofer (1787-1826) amplió mucho el
tema. Después de descubrir accidentalmente la línea doble del sodio (pág. 273),
comenzó a estudiar la luz solar e hizo las primeras determinaciones de
longitudes de onda usando redes de difracción (pág. 465). Gustav Robert
Kirchoff (1824-1887) y Robert Wilhelm Bunsen (1811-1899), trabajando conjuntamente
en Heidelberg, establecieron que cada tipo de átomo tenía su propia firma en un
arreglo característico de líneas espectrales. En 1913, Niels Henrik David Bohr
(1885-1962) expuso una teoría cuántica precursora del átomo de hidrógeno, que
podía predecir las longitudes de onda de su espectro de emisión. Ahora se
entiende que la luz emitida por un átomo se debe a sus electrones exteriores
(pág. 63). El proceso pertenece a la esfera de la teoría cuántica moderna que
describe los detalles más pequeños con increíble precisión y belleza.
El florecimiento de la óptica aplicada en lo que va de la
segunda mitad del siglo XX, representa un renacimiento en sí mismo. En la
década de los años cincuenta, varios investigadores comenzaron a mezclar la
óptica con las técnicas matemáticas y los puntos de vista de la teoría de las
comunicaciones. Precisamente como la idea del momento lineal proporciona otra
dimensión con la cual visualizar los aspectos de la mecanica, el concepto de
frecuencia espacial brinda una forma nueva y rica de apreciar una amplia gama
de fenómenos ópticos. Unidos por el formalismo matemático del análisis de
Fourier (pág. 304), este énfasis contemporáneo ha tenido gran trascendencia.
Especialmente interesantes son las teorías de la formación y de la evaluación
de imágenes (pág. 532), las funciones de transferencia (pág. 555) y la idea de
filtrado espacial (pág. 318).
El advenimiento de las computadoras digitales de alta
velocidad marcó un amplio adelanto en el diseño de sistemas ópticos complejos. Las
lentes asféricas (pág. 152) lograron un significado práctico renovado y el
sistema limitado por la difracción con un campo de visión apreciable, se hizo
realidad. La técnica de pulido por bombardeo iónico, donde se desprende sólo un
átomo cada vez, se introdujo para satisfacer la necesidad de precisión extrema
en la preparación de elementos ópticos. El uso de recubrimientos con películas
delgadas y múltiples (reflectoras, antirreflectoras, etc.) se hizo muy común
(pág. 426). La óptica de fibras llegó a ser una herra mienta práctica (pág.
198) y se estudiaron las guías de luz de películas delgadas. Se prestó mucha
atención al extremo infrarrojo del espectro (sistemas de vigilancia, guía de
proyectiles, etc.) lo cual a su vez estimuló el desarrollo de materiales IR. Se
empezaron a usar ampliamente los plásticos en la óptica (elementos de lentes,
réplicas de redes, fibras, lentes asféricas, etc.). Se desarrollaron nuevas
clases de vidrios cerámicos, parcialmente vitrificados, con un coeficiente de
expansión térmica extremadamente bajo. El resurgimiento en la construcción de
observatorios astronómicos (terrestres y extraterrestres) que abarcaban todo el
espectro (pág. 224), ya evidente a finales de los sesenta, siguió con empuje en
los ochenta y noventa.
Después de la construcción del primer láser en 1960, los
haces láser cubrieron en una década todo el rango desde el infrarrojo al
ultravioleta. La disponibilidad de fuentes coherentes de alta potencia llevó al
descubrimiento de nuevos efectos ópticos (generación de armónicos, mezclado de
frecuencias, etc.) y desde entonces a todo un panorama de nuevos y maravillosos
dispositivos. La tecnología necesaria para producir un sistema óptico práctico
de comunicaciones se desarrolló rápidamente. El uso sofisticado de cristales en
sistemas tales como los generadores de segundo armónico (pág. 650), moduladores
electro-ópticos y acusto-ópticos y similares, estimula ron una gran cantidad de
investigación contemporánea en óptica de cristales. La técnica de reconstrucción
de frentes de onda, conocida como holografía (pág. 630), de la cual se consiguen
magnificas imágenes tridimensionales, encontró numerosas aplicaciones (pruebas
no destructivas, almacenamiento de datos, etc.).
La orientación militar de gran parte del trabajo de
desarrollo de la década de los sesenta, siguió adelante en los setenta, en los
ochenta y en los noventa con nueva fuerza. Ese interés tecnológico de la óptica
va desde el espectro de las «bombas inteligentes» y satélites espía hasta
«rayos de la muerte» y aparatos de infrarrojo capaces de ver en la oscuridad.
Sin embargo, consideraciones económicas asociadas a la necesidad de mejorar la
calidad de vida han hecho que productos de esta disciplina hayan entrado en el
mercado, como nunca antes lo habían hecho. Hoy en día, los láseres se utilizan
por doquier: en la lectura de videodiscos en el cuarto de estar, en el corte
del acero en establecimientos; en el barrido de etiquetas en los supermercados
y en los quirófanos de los hospitales. Millones de sistemas de display ópticos
en relojes, calculadoras y ordenadores centellean en todo el mundo. El uso casi
exclusivo, durante los últimos cien años, de las señales eléctricas para el
tratamiento y la transmisión de datos, está dando rápidamente el paso a técnicas
ópticas más eficientes. Una revolución de gran alcance de los métodos de
tratamiento y comunicación de la información se está produciendo
silenciosamente, una revolución que seguirá cambiando nuestras vidas en los
años venideros.
Los conceptos profundos surgen lentamente. Realmente es muy
poco lo que se ha logrado en tres mil años a pesar de que cada día se acelera
más el paso. En efecto, es maravilloso observar que la respuesta va cambiando
sutilmente mientras que la pregunta ¿qué es la luz? continúa inmutable.
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